lunes, 6 de julio de 2015

EL MUSEO DE MICRO-MINIATURAS

... por Kurt Schleicher

   Aunque ya sabía de su existencia (hace dos años pasé por Guadalest, la población alicantina situada cerca de Benidorm en la que se ubica, pero no tuve tiempo de ver el museo), quiero difundir la existencia de este museo, pues me ha causado cierto asombro en relación a la capacidad y paciencia humanas en cuanto a miniaturización. Creo que alguna de ellas debiera ser récord Guinness, si es que no lo es ya.

  El autor de estas miniaturas es un pintor y escultor de nombre Manuel Ussá, que ya ha tenido que dejar de crear estas maravillas por razones de edad (creo recordar que me dijeron que se acerca a los noventa años). Las obras están realizadas manualmente, nada de láseres y automatizaciones, sino a base de pulso y conteniendo la respiración, lo cual ya es muy difícil en esas condiciones. Los instrumentos para su ejecución son un invento del autor. Además, para poder ejecutarlas, las “pinceladas” hay que hacerlas entre latido y latido del corazón, es decir, a corazón parado, lo que tampoco parece muy recomendable a ciertas edades.

   Me advirtieron al entrar que no era nada fácil conseguir buenas fotografías, pues para ello había que tener también buen pulso o mejor todavía, un buen trípode y, aún así, ajustar el enfoque para que no quede un pastiche seguiría siendo difícil. Aquello me pareció un reto y me puse a ello; evidentemente, muchas no me salieron como yo esperaba, pero algunas acompañan esta selección, aunque no sean una maravilla. Están hechas a pulso y con enfoque manual, es decir, a lo bruto. Las obras han de verse con lupa de muchos aumentos y si se me apura, con microscopio; de ahí que se presente como “una obra de arte invisible para el ojo humano”.

   Veamos algunos ejemplos:

Colocar una reproducción de la torre Eiffel en el ojo de una aguja

Pintar la “Maja Desnuda” de Goya en el ala de una mosca (me figuro que la mosca estará encantada de tener semejante tatuaje y se lo enseñará orgullosa a sus amigas)

Pintar “Los fusilamientos del 2 de Mayo” sobre un grano de arroz. (Me imagino que si se extendiese esta práctica con profusión, la paella resultante sería la más cara del mundo)

Varias obras de Miguel Angel reducidas millones de veces, a destacar “La Piedad”

El cuadro de “Las Meninas” de Velázquez en un grano de maíz  

Las “Tres Gracias” de Rubens sobre un grano de arroz

Una Venus desnuda acurrucada junto a un perro dentro de una semilla

Un Tiovivo sobre un botón de camisa

Un zoológico con 20 animales casi a escala sobre una minúscula hoja
El cuadro de “Las Lanzas” de Velázquez sobre la concha de un pequeño caracol

Una mosca portando un autorretrato de Velázquez en su lomo

Un pastor con sus ovejas sobre otra concha de caracol

Esculturas etéreas sujetas con hilos microscópicos danzando en el aire

Una señora desnuda que se asoma a través del ojo de una aguja como si fuese una ventana de su casa

Otra señora desnuda de espaldas que entra en una semilla

Unos labradores arando sobre los surcos de una pluma de ave

   …Y el récord de la obra de arte más pequeña del mundo: en la sección de un cabello, veinte veces más pequeña que un milímetro, ha logrado pintar una rosa, sobre la que está posado un pájaro que a su vez lleva un gusano en el pico. Doy fe de que he visto la rosa y el pájaro, pero el gusano no he sido capaz de verlo. Tampoco he podido fotografiarlo, pues para poder visualizarlo se hace a través de unos binoculares que permiten verlo en relieve con los dos ojos.

   Hay varios cuadros más que no he mencionado, pintados sobre lienzos de un par de milímetros, que igualmente hay que verlos con lupa.

   En fin, una obra extraordinaria que ha puesto a prueba la paciencia del autor y le ha habrá llevado probablemente media vida realizarla.

   El museo está en la parte alta del pequeño pueblo de Guadalest, que fue la casa de Manuel Ussá durante muchos años y ahora convertida en museo. Hay otro museo, llamado el “Micro-gigante” también de miniaturas y esculturas en la parte baja del pueblo con más obras del mismo autor, que ya no pude ver por falta de tiempo.

   Guadalest merece una visita, pues tiene otros seis museos más, aparte de varias tiendecitas con gran profusión de obras de arte de otro estilo. Uno de estos museos es la “Casa Orduña”, que acoge muebles originales del siglo XVI y varias exposiciones de pintura y fotografía que merece la pena visitar. También permite el acceso al castillo y al cementerio que hay en la cúspide por una curiosa vía por el interior de la roca. Desde allí, la vista es espectacular; en días claros se ve perfectamente el mar cerca de Benidorm; no me prodigo más con el pueblo, pues en este mismo blog ya lo hice hace dos años en el artículo “Dos pueblos con encanto”.

   Por cierto, en el camino a Guadalest me sorprendió ver de lejos el chalet de un particular que había tenido la humorada de esculpir sobre el tejado de su casa un enorme caracol con los cuernos al sol. El animal debe medir por lo menos 5 o 6 metros de envergadura y asemeja una especie de Godzilla atacando la casa. En fin, que la visita fue desde lo más pequeño a lo más grande…

  Adjunto 31 fotografías, primero un par de panorámicas de Guadalest, después las fotos que hice en el Museo de Micro-miniatura y terminando con la foto del “monstruoso” caracol en el tejado de una casa, que acabo de mencionar.

  Nunca se cansa uno de ver curiosidades, ¿verdad?

KS, Junio 2015.


GUADALEST





Museo Microgigante:


MUSEO DE MICRO-MINIATURAS

























CASA DEL CARACOL


lunes, 15 de junio de 2015

CÁTAROS

… Por José Enrique García Pascua.

De viaje por las tierras del Languedoc

Cuando el mes pasado me paseé por las tierras del Languedoc, entré en contacto con los lugares en que, durante los siglos XII y XIII, se había desarrollado la herejía albigense, y esta circunstancia hizo que renaciese mi interés por los cátaros –“puros”, del griego καθαροί–, que es como se llamaban a sí mismos los seguidores de esta herejía; quizás mi interés fue causado por la actualidad que podemos descubrir tanto en su doctrina como en el destino que tuvieron.


Antecedentes.
No fueron los albigenses los primeros en adoptar la denominación de “cátaros”, sino que ésta fue antes adoptada por otros movimientos de renovación moral, entre tantos que han surgido en el seno de la cristiandad a lo largo de los tiempos y que la mayor parte de las veces han sido proscritos por la autoridad eclesiástica.  Los primeros puros fueron los discípulos de Novaciano, aunque otras tendencias rigoristas habían surgido con anterioridad, como es el caso de los montanistas del siglo II. Novaciano era un sacerdote activo en Roma alrededor del año 250 que se enfrentó a Cornelio, obispo de Roma, acusándole de relajamiento por haber vuelto a admitir en el seno de la Iglesia a los que habían abjurado de su fe durante la persecución anticristiana del emperador Decio. Excomulgado por Cornelio, Novaciano fundó un grupo que se denominó “iglesia de los puros, o cátaros”, quienes, además de exigir un segundo bautismo para que la apostasía fuera perdonada, fomentaron la práctica del ayuno y reivindicaron –siguiendo el ejemplo de la moral de los filósofos estoicos grecolatinos– costumbres más ascéticas, lo que implicaba la abstención de consumir vino y la necesidad de observar una castidad extrema. Las ideas de los novacianos tuvieron su continuidad en el siglo siguiente con una nueva secta de puros, los donatistas, cuando ya, a partir del Edicto de Milán, de 313, Constantino y sus sucesores habían comenzado a mostrarse tolerantes con el cristianismo, e incluso favorecían el predominio de la doctrina de la Iglesia oficial frente a otras interpretaciones de la herencia de Cristo.
Las reacciones rigoristas contra la corrupción de la jerarquía católica continuaron a lo largo de la Edad Media, y alcanzaron gran éxito entre los laicos humildes, que tenían que soportar las exacciones a que eran sometidos por parte de los que detentaban el poder, tanto civil como religioso. En Bulgaria nació con  fuerza el movimiento bogomilo, del que se tienen noticias ciertas a partir de la primera mitad del  siglo X y que durante el siglo siguiente se expandió por el imperio bizantino, en donde fue combatido por la Iglesia de Constantinopla. Posteriormente, los bogomilos se extendieron por Europa occidental, y encontramos comunidades bogomilas, ya en el siglo XIII, en Lombardía y en el sur de Francia, en donde se mezclaron con los cátaros. Por las analogías entre las creencias de los bogomilos y las doctrinas cátaras, se piensa que aquéllos representaron un importante papel en el nacimiento de la herejía albigense. En efecto, los heterodoxos búlgaros creían  también en la existencia de dos principios, uno bueno y otro malo, y rechazaban el matrimonio y la procreación, por ser parte del mundo material, obra del principio malo, Lucifer.
Aun podemos mencionar, dentro de los movimientos rigoristas medievales, a uno que tuvo su origen en Lyon en el siglo XII,  los valdenses, grupo reformador de laicos que buscaban llevar una vida de pobreza y sencillez, acorde con el mensaje evangélico, y que, al no lograr que les reconociese el papado como organización legítima dentro de la Iglesia (pues se trataba de laicos que se dedicaban a la predicación, usurpando funciones del sacerdocio), terminaron acercándose a los albigenses.


Historia de los cátaros. La cruzada.
   Nace la herejía albigense en el contexto de la predicación anticlerical del monje Henri, quien hacia 1145 denunciaba, en tierras del Languedoc, la vida de lujo de la mayoría de los miembros del clero, aunque también se pueden encontrar iglesias cátaras en el norte de Italia y, ya en 1163, en la zona de Colonia, Alemania.
En el sur de Francia, el movimiento fue favorecido por las rivalidades feudales, singularmente la lucha que la casa de los vizcondes de Trencavel, señores de Albi, de Carcassonne y de Béziers, lleva a cabo contra el condado de Toulouse, del que eran vasallos, para emanciparse de su soberanía. En la región de Albi, los heréticos aparecen ya sólidamente organizados a finales del siglo XII, como una Iglesia paralela a la romana, bajo la protección de los Trencavel. Este hecho explica la denominación de “albigense” que se da a la herejía. El conde de Toulouse, Raymond VI, está, empero, poco dispuesto a oponerse a la propagación del catarismo.
El papa Inocencio III, preocupado por salvaguardar la unidad de la fe en el mundo católico, envía al Mediodía francés varios legados, con el encargo de imponer el orden en el episcopado local y demandar a los señores de esas tierras y al rey de Francia (teórico soberano de aquéllos) su ayuda para acabar con la herejía. Pierre de Castelnau, legado papal, se entrevista en 1208 con Raymond VI, quien da muestras de su poca voluntad de colaboración e incluso amenaza a los enviados del papa; cuando éstos abandonan el lugar de reunión y se aprestan a cruzar el Ródano, un escudero del séquito del conde de Toulouse alcanza a Pierre de Castelnau y le mata de un lanzazo en la espalda. Ante tamaña ofensa, Inocencio III declara anatema a Raymond VI y proclama la cruzada contra los albigenses, la primera que tendrá lugar en territorio católico.

En julio de 1209,  se reúnen los cruzados, entre los que no figura el rey de Francia al principio, pero sí Raymond VI, que quiere recibir el perdón de la Iglesia. La primera acción del ejército cruzado es el asalto de Béziers, plaza del vizconde Raymond-Roger Trencavel. Tomada la plaza, los cruzados se dedican a exterminar a la población, sin perdonar ni mujeres ni niños. Se atribuye al legado papal, Arnaud Amaury, la frase apócrifa: “Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos”.
Después, en agosto, los cruzados atacan Carcassonne, en donde reside la corte del vizconde de Trencavel. Las formidables murallas de esta ciudad resisten el asalto, pero la falta de agua la obliga a capitular al cabo de tan solo quince días de asedio. Raymond-Roger es hecho prisionero y muere tres meses más tarde en la mazmorra en que le habían encerrado, envenenado, según los rumores. 
Continúa la guerra durante varios años en que los cruzados queman a centenares de herejes y se suceden masacres de vencidos por parte de ambos bandos. Simon de Montfort, el audaz jefe del ejército cruzado, se enfrenta a los señores feudales que albergaban comunidades cátaras en sus posesiones y termina atacando los territorios del conde de Toulouse, lo que preocupa a Pedro II de Aragón, que contempla cómo el de Monfort se propone, en territorios aledaños a sus dominios, objetivos muy alejados de los iniciales de la cruzada . Pedro II decide intervenir a favor del conde de Toulouse y se enfrenta a las tropas de Simon de Monfort en la batalla de Muret, en el año 1212, en donde el rey de Aragón muere y su ejército huye en desbandada.
 Como consecuencia de esta derrota, el conde de Toulouse tiene que huir, pero en 1216 Raymond VI y su hijo, el futuro Raymond VII (que sería el último conde de Toulouse independiente de la corona) regresan y toman el mando de la lucha contra los cruzados, consternados por las disposiciones del IV Concilio de Letrán, de 1215, que, además de condenar a los albigenses y a los valdenses, despoja de sus posesiones al conde de Toulouse, en beneficio de Simon de Monfort. En 1218 muere Simon de Monfort y la iniciativa militar queda en manos del condado de Toulouse y sus aliados, los condes de Foix y de Comminges.
A instancias del nuevo papa, Honorio III, el rey de Francia, Luis VIII, decide incorporarse a la cruzada en 1226; sin embargo, una enfermedad le lleva a la muerte el tres de noviembre de ese año y le sucede Luis IX, menor de edad, bajo la regencia de su madre, Blanca de Castilla. A pesar de este contratiempo, los capitanes de la armada real presionan a las fuerzas de Raymond VII (que ha sucedido a su padre en 1222) el cual se somete al rey y firma en 1229 unos acuerdos conocidos como Tratado de Meaux-París que marcan el fin de la cruzada, pero no el final de la resistencia cátara.   
En 1271, en virtud de los citados acuerdos, el condado de Toulouse se incorpora definitivamente a la corona y, así, la dinastía de los Capetos logra el dominio de la mayor parte del Languedoc. Por esta razón, hoy en día el occitano únicamente se mantiene como lengua oficial en el Valle de Arán, territorio español.

Una vez terminada la cruzada, el papado continúa su tarea de erradicación de la herejía con dos instrumentos, la predicación de los miembros de las órdenes mendicantes (Sto. Domingo de Guzmán fundó en 1215 la orden de los Predicadores con el objetivo de refutar mediante la palabra la doctrina cátara)  y la labor investigadora de la Inquisición papal, instaurada en 1233 precisamente para combatir a los albigenses. No obstante, permanecen focos de resistencia durante años, el más famoso es el que se refugió en el castillo de Montségur, que sufrió el asedio de las tropas reales en 1244. Rendida la plaza, a sus pies fueron quemados doscientos contumaces que habían rechazado la conversión. El último perfecto fue condenado a la hoguera en 1321.


Doctrina de los cátaros.
Dos son los puntos en que se centra la doctrina de los cátaros, la afirmación de la coexistencia de dos principios del mundo, uno que encarna al Bien y otro que encarna al Mal, y la práctica de una moral rigurosa.

El dualismo teológico se da en muchas de las herejías que han jalonado la historia del cristianismo primitivo, empezando por el gnosticismo, y, más en concreto, el predicado por Marción (h. 85-h. 165), nacido en la ciudad de Sínope, y continuando por el maniqueísmo, predicado por Mani, nacido en Mesopotamia en 216 y muerto en 277. La doctrina de Mani está íntimamente relacionada con la religión de Zoroastro y de ella toma la idea de que en los orígenes de todo existían dos Principios, la Luz –el Bien– y las Tinieblas –el Mal–, en constante lucha, y esta lucha está a la base de la creación del universo, que, por ello mismo, tiene una parte luminosa y otra oscura. Del mismo modo, Adán y Eva fueron creados con una parte divina, el espíritu luminoso, y otra perversa, el cuerpo, emanado de la materia.
Los cátaros, para explicar la paradoja de que, siendo el Dios de la Biblia esencialmente bueno, también es el creador de este mundo en que predomina el mal, acuden al ya mentado dualismo teológico, según el cual el buen principio es aquel al que llamamos Dios, al que se opone un mal principio que, para los cátaros, se identifica con la mera Nada, que, aunque es nada, existe, porque también ella fue creada de alguna manera, idea que los cátaros parece que toman de una peculiar lectura del versículo 3 del capítulo 1 del Evangelio de Juan: «Omnia per ipsum facta sunt: et sine ipso factum est nihil, quod factum est» («Todo es hecho por Él mismo: y sin Él mismo es hecha la nada, la que es hecha» o, como se traduce ortodoxamente, «Todas las cosas son hechas por Él mismo: y sin Él mismo nada es hecho, en cuanto a lo que es hecho» ). Mientras las primeras manifestaciones del Bien son el Hijo y el Espíritu Santo, la manifestación del Mal es Satanás, el cual fue quien formó el mundo material, no a partir de la nada, sino a partir de los cuatro elementos (fuego, aire, agua, tierra) preexistentes. En lo que respecta a los seres humanos, su origen está en los ángeles caídos del cielo a la tierra a consecuencia del engaño a que les sometió Satanás. Las almas angélicas se encarnan en cuerpos materiales por obra de Satanás, que quiere que olviden su origen divino. La redención del hombre, no obstante, tendrá lugar por el regreso de las almas caídas al cielo, en donde se unirán a sus antiguos cuerpos gloriosos. Para los cátaros, no existe el infierno eterno, ya que no hay mayor castigo que permanecer prisionero de la materia del universo satánico.

Ya hemos hablado en el primer epígrafe de los antecedentes que cabe encontrar para la moral rigurosa de los cátaros, quienes creen que Dios, el Principio del Bien, envió a la tierra a Cristo, para que enseñara a los hombres a ser puros (cátaros) y, así, librarles del poder de Satán. También es Cristo quien instituye el máximo sacramento del catarismo, el llamado consolamentum, que consiste en una ceremonia celebrada al final de un largo periodo de preparación en que el creyente confesaba públicamente sus pecados, de los que era perdonado, y prometía fidelidad a la doctrina cátara. De este modo, el simple creyente se convertía en perfecto, el cual, obligado a llevar una vida completamente ascética, se abstenía de comer carne, ayunaba con frecuencia y renunciaba a la sexualidad. Este camino de perfección estaba igualmente al alcance tanto de hombres como de mujeres: las perfectas también estaban autorizadas a predicar a los creyentes.
Las comunidades cátaras se organizaban como iglesias autónomas y al frente de cada una de ellas había un obispo, aunque por encima de él se imponía el criterio asambleario del concilio de perfectos.


Actualidad del catarismo.
El esfuerzo bélico a que se entregaron el papa y el rey de Francia con el objeto de acabar con unos ascetas que aparentemente no ofrecían mayor peligro que su deseo de vivir conforme a sus propias convicciones religiosas y morales resulta, de entrada, desproporcionado, lo mismo que los sangrientos castigos a que se sometió a los herejes durante las décadas en que fueron perseguidos.
Desde un punto de vista estrictamente económico, el dudoso beneficio logrado no compensaría de ningún modo el gasto que se necesitó para ello. Pero resulta que el auténtico beneficio que se buscaba era otro, como la historia termina por demostrar, el acrecentamiento del poder de los poderosos. Los albigenses habían ampliado su influencia y se habían constituido en iglesias autónomas que no compartían su fe con los católicos ni se sometían a la jerarquía eclesiástica lo que suponía un gran peligro para la preponderancia del papa y, de rechazo, de los señores seglares, que basaban su poder en la legitimación recibida de la bendición papal, así como en el orden social que proporcionaba el credo común. Con la aniquilación de la herejía, el papa evitó que se salieran de la obediencia católica tantos cristianos que, en caso contrario, habrían dejado de contribuir con su diezmos y primicias al esplendor de Roma, y el rey de Francia, que colateralmente incorporó a sus dominios tantos nuevos tributarios, obtuvo el beneficio político  de dar un paso decisivo hacia el absolutismo que, acabando con el poder feudal, concentra toda la autoridad en la corona, lo cual convertirá con el  tiempo a Francia en una potencia hegemónica que impondrá su voluntad a otros Estados y que levantará un imperio colonial: poder y riqueza, ¿qué otra cosa es más deseable?, ¿la defensa de la religión verdadera? En el siglo XIII, la religión –la ideología– estaba al servicio del poder, es decir, de los que dominan la estructura económica, como en cualquier otra época, como en la actualidad. Y el beneficio de unos pocos se consiguió a costa de muerte y desolación, a costa del sacrificio no sólo de los perdedores, sino de aquellos que tomaron la cruz y perdieron la vida convencidos de que sus jefes les habían enviado al combate sólo por la noble causa de defender la verdadera religión.

Los cátaros eran contestatarios, insatisfechos con el orden prevalente, que les oprimía, y se dedicaron a levantar nuevas formas de organización social, participativas, más justas para ellos, que facilitasen a las personas llevar una existencia auténtica por encima de la obsesión de acumular bienes materiales. Este empeño fue su perdición.
Actualmente, los poderosos de Occidente toleran, con una sonrisa de superioridad, a quienes se muestran críticos con el sistema establecido, mientras se limiten a eso, a criticar; en todo caso, les combaten incruentamente con los omnipresentes medios de comunicación de masas, que mayoritariamente están a su servicio y que se emplean para sumir en la alienación al conjunto de la población, y esta alienación es tan efectiva que no se necesitan medidas coercitivas  especialmente duras, como las piras de la Inquisición, para mantener el orden. En realidad, también Inocencio III intentó la persuasión –que posteriormente encomendó a las órdenes mendicantes– antes de recurrir a la violencia.
Ocurre, sin embargo, que la “religión” imperante entre nosotros, ésa que nos habla de democracia y derechos humanos, tiene un punto débil, que exige la convocatoria periódica de elecciones, y, de repente, en ciertos lugares de este mundo occidental los críticos han decidido presentarse como candidatos con sus propuestas de cambio radical de esas reglas que permiten la supremacía de los corruptos y la puesta en práctica de una economía que, en nombre del liberalismo, hace que incluso en nuestras sociedades opulentas las diferencias entre ricos y pobres no hagan sino agrandarse con el paso del tiempo. Y resulta que los electores, deseosos de la mejora moral, votan a los críticos, y ellos ganan las elecciones.
Los poderosos de Occidente se asustan, pues ellos prefieren la acumulación de bienes materiales a la perfección, y se aprestan a asustar a los ciudadanos, y consiguen que bajen los índices bursátiles. Los críticos, no obstante, han conseguido ser escuchados y esto les proporciona cuotas de poder, logradas pacíficamente, lo cual no es óbice para que, tal como nos enseña la historia, si el control de la sociedad por parte de los que ya tenían el poder corriese peligro, éstos no duden en recurrir a medidas más drásticas y, a semejanza de Inocencio III, proclamen la necesidad de una cruzada contra los desviados, un golpe de Estado, por ejemplo, cosa que ya sucedió en nuestro país en épocas recientes, que acaso no sea llamado Cruzada, como el anterior, sino que sería justificado como defensa de los derechos humanos, que es lo que ahora está de moda, y seguramente durante la subsiguiente represión no se acudirá a tácticas tan incómodas como el degüello de toda una población, ya que ahora disponemos de complejas armas que permiten eliminar de manera limpia a ancianos, mujeres y niños con sólo apretar un botón. En esto sí que hemos progresado.


Torrecaballeros, 7 de junio de 2015.

lunes, 27 de abril de 2015

NEPAL, ¿Podremos volver a ver sus maravillas tras el terremoto?

...por Paco Acosta

Estuve (estuvimos en familia) en Nepal el verano del 2013. Y quedé, quedamos, encantados de sus monumentos, de las plazas principales (“durbar” las llaman allí) de sus ciudades, de sus templos, pagodas y “estupas con ojos”, de sus palacios, de sus torres de varios pisos construidas en madera, de “el fino trabajo” de sus tejados, puertas, ventanas, y celosías… Y, ¡como no!, de la sonrisa casi constante de sus gentes, su amabilidad y bullicio; sus ganas de diversión y la forma tan animada de celebrar sus festividades; y sobre todo su religiosidad, que se vive abierta y plenamente por todos y en todos los rincones…

Todo esto nos impresionó, y nos dejó huella.

Una huella de cariño hacia ese pueblo sencillo, que podía seguir realizando sus ofrendas a los dioses, o sus ritos funerarios, mientras nosotros, los turistas, nos inmiscuíamos sin respeto alguno en sus rezos, ávidos de encontrar el mejor enfoque para nuestras cámaras…

Una huella de felicidad por haber podido contemplar en vivo, y deleitarnos con esos palacios, torres y edificaciones de ladrillo y madera tan ricamente trabajados, que reflejaban una antigua cultura que a los occidentales nos es tan llamativa…

Una huella de dolorosa pena que te asalta mientras recorres sus calles, al ver que los muy poderosos vecinos de este sencillo pueblo (básicamente China e India, aunque también Japón y Corea) pretenden colonizarlo por la vía económica, relegándolo a un sumiso papel de consumidores pobres de tecnologías casi obsoletas, que han de adquirir a precios abusivos…

Una huella de estupor técnico, que te dejan los imposibles “líos de cables” cruzando sobre las calles (cosa, por otra parte, muy común en estos países del Asia más profunda) que habla muy a las claras de una íntima convivencia con atrasos tecnológicos, compensados por la “experta mano que deben precisar los especialistas para aclararse en aquellos embrollos”…

Y como resumen, una huella de magníficos y cariñosos recuerdos (transformados ahora en profunda tristeza y compasión), hacia aquel pueblo que nos veía pasar, y sonreía, comprendiendo que en nosotros, los visitantes extranjeros, (para ellos, unos verdaderos potentados), su país tendría en los años venideros la mejor “industria” sostenible, capaz de sacar de la pobreza, y en muchos casos de la miseria, a sus descendientes…

Y ahora, con el devastador terremoto, no solo han tenido miles de muertos, sino que, por lo que estamos viendo en las imágenes que nos van llegando, gran parte de su patrimonio artístico y cultural, se ha venido abajo… Dan ganas de llorar..., ¡junto con ellos!.

Tendrán que pasar bastantes años para que se pueda “reconstruir” (¿será eso posible?) lo que ha quedado tan derruido. En primer lugar sus sencillas y humildes viviendas, junto con las necesarias infraestructuras, luego sus templos, palacios y monumentos…. Deseo, de todo corazón, que esto llegue a ser pronto realidad…

Pero, mucho me temo, que entretanto se venga abajo la “industria del turismo”, en la que tenían puestas sus esperanzas, combinando adecuadamente, y con verdadero acierto, el turismo de ciudades y monumentos (para visitantes de alto o muy alto poder adquisitivo), con el turismo de “trekkings” (a través de rutas por las zonas rurales, generalmente más desfavorecidas y excluidas de los beneficios del turismo consumista), o el “turismo de montaña” (principalmente escaladores de alta montaña, sin excluir a los “meros observadores”)…

Me diréis, que los Himalayas continuarán estando ahí, que los impresionantes y muy verdes valles del profundo Nepal, a través de los cuales discurren las múltiples rutas que se ofrecen a los caminantes y senderistas, también seguirán,…  Pero lo que Nepal podía y quería ofrecer, como modelo turístico, a sus visitantes fundamentalmente de la rica Europa, era “un poco de todo”: monumentos, cultura, gastronomía variada, paisajes extraordinarios, “trekkings” para estar en contacto directo y sin prisas, con su amable pueblo y la vida rural, sin olvidar una oferta de establecimientos hoteleros de “lujo oriental” donde el turista pueda disfrutar cómodamente atendido. Y practicar, hasta casi dominar este saludo, (cada vez que se cruza con un nativo de los muchos que están empleados en estos magníficos establecimientos), sonriendo, juntando las palmas de las manos frente al pecho e inclinando ligeramente la cabeza, para decir al mismo tiempo “Namasté…”.

Ahora me duele Nepal, porque creo que necesitará muchísimo tiempo…, y ¡muchísima ayuda!

Y para recordar aquellos días, y compartirlos con vosotros, he “tirado de archivo” y he entresacado, algunas de las muchísimas fotografías que allí hicieron mis hijos. No tienen la calidad a la que nos tiene “malacostumbrado” Kurt, pero a mí me han hecho aflorar una lágrima de pena…


Katmandú






















Bhaktapur










Patan


















Valle de Katmandú









Los Himalayas







Comida y Bebida